Tres Tizas

29 abril , 2018

¿Sabes cómo te llaman tus alumnos y (sobre todo) por qué?

Filed under: Blog, Mide tus palabras — Aster Navas @ 4:36 pm

Ha merecido la pena esperar. Confieso que ya me temía un bajonazo creativo de los chavales pero los subestimaba… Por fin ha empezado a circular por los pasillos, como un secreto a voces, el alias del compañero que se incorporó hace un par de meses a nuestro claustro. Se han decantado, para rebautizarlo, por esa mirada eternamente sorprendida, asombrada, impertinente, escrutadora; mitad desconcierto, mitad reproche.

Sí, él será el último en enterarse. Quizá no lo haga nunca.

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Crédito de la imagen

Esos seudónimos que nos vamos ganando como profes demuestran una genialidad que pasamos por alto. Nos nombran con ingenio, con propiedad… y hacen al receptor, a veces durante generaciones, cómplice de ese apelativo. Lengua en estado puro.

Os dejo aquí un micro que escribí hace tiempo con estos mimbres.

 

Días de cole

“Tuve que interrumpir mi educación para ir a la escuela”
Bernard Shaw

 

Tras los estudios primarios mis padres confiaron mi educación a los piadosos padres menesianos. Así, los que en mi adolescencia me enseñaron Latín, Geografía o Matemáticas fueron hombres de sotana rigurosa y gesto severo que imponían en las aulas una disciplina y un silencio casi castrenses. La única revolución posible era la de la palabra. Aquellos profesores a los que –lo que guste mandar, Don Servando; ¿Da usted permiso para ir al baño, Don Bruno? ; No volverá a ocurrir, Don Claudio- nos dirigíamos con servil reverencia, eran, en los conciliábulos de los cambios de hora, en los patios y en las puertas de los baños, objeto de escarnio: a sus espaldas les llamábamos El Pikolín, El Locomotoro, El Simca, El Tutiplén o la Gacela Thomson; esos nombres eran nuestra forma de vengar tanto tedio, de responder a la cicatería con que se nos administraba en aquel lugar el Colacao, los minutos de ducha y las emociones.
Muchos de aquellos motes los habíamos heredado de quienes durante generaciones habían ocupado nuestros mismos pupitres; otros eran de nuestra propia y orgullosa cosecha. Lo cierto es que el fraile recién llegado no tardaba en tener un apodo cruel como navaja oxidada.
Con Ricardo todo fue diferente: nadie hubiera imaginado que aquel tipo en vaqueros era un miembro más de aquella orden religiosa; con él aprendimos, aparte de Historia, tolerancia y flexibilidad. Desde el primer día nos pidió que lo tuteáramos y no tardó en ganarse nuestra confianza: era un hombre de mirada condescendiente, tenía el pelo largo y silbaba por los pasillos canciones de Nino Bravo. Le escuchábamos –poneos en el lugar de los mayas- fascinados rehacer la historia.
Fue una lástima que aquella tarde de mayo hiciera aquel calor sofocante y que estuviéramos tan alterados; fue una verdadera lástima que a Ricardo se le acabara por fin la paciencia y diera aquel aciago golpe en la mesa con la intención de controlar una clase que se le iba de las manos.
A partir de mañana haré que esto funcione como un cuartel –dijo rojo de ira. Y de ahora en adelante me llamaréis con Don.
A pesar de que de cuando en cuando perdía los papeles, Don Ricardo –El Condón- fue un maestro inolvidable.

En fin.

Aster Navas

 

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