Tres Tizas

18 junio , 2008

Tristezas

Filed under: Te cedo la palabra — Etiquetas: , , — Marcos Cadenato @ 12:00 pm

El lugar de Te cedo la palabra lo ocupa hoy nuestra compañera y amiga Lourdes Domenech y su A pie de aula. Los que la conocemos desde hace algún tiempo, no podemos dejar de admirar su gran capacidad de trabajo, sus certeras reflexiones educativas y sus acertadísimas y muy novedosas propuestas didácticas. Y no son sólo palabras: a los hechos y a su bitácora nos remitimos.

Una vez más nos vuelve a dejar boquiabiertos con una sorprendente -como oculta- capacidad narrativa y, en su inmensa generosidad, nos regala tres fantásticos microrrelatos que harán las delicias de los lectores de Tres Tizas y de A pie de aula. ¡Muchas gracias, Lu!

Hoy Tres Tizas es para mí un espacio en el que “me han dado cobijo” y en el que “midiendo mis palabras” presento tres microcuentos de una colección sobre identidades, que acabo de bautizar con el anagrama TRISTEZAS.

Son TRES, uno para TI, otra para TI y otro para TI…que se leen en un ZAS.
 
 VÉRTIGO

Entrada 2 €. Simulador Discovery III. Sus dos hijos  y ella ascienden por la escalera que conduce a la cabina y se introducen en ella. Afuera quedan los plazos de la hipoteca, la entrevista de trabajo, la cita con la maestra…empieza el irrefrenable descenso por una pendiente de hielo glaciar. Abraza a los niños en la oscuridad. No soporta la intensidad del reflejo de la nieve. Aprieta los ojos; bandean los tres cuerpos movidos por el instinto de evitar que inmensos bloques de hielo se precipiten sobre la vagoneta en la que viajan.  Siente la presión de las manos del mayor que buscan donde secar el sudor y sabe que en la penumbra artificial los ojos del pequeño buscan donde alojar su indefensión. Transcurridos tres minutos, finaliza la sesión. Atrás queda la experiencia del descenso. Al salir, aprieta con fuerza las manos de los niños. Ahora ella siente el vértigo verdadero.
 
 MIRARSE AL ESPEJO

Las deportivas, la toalla, el secador y la leche hidratante. Hizo el recuento de lo que debía introducir en su bolsa de deporte. Se dirigió al gimnasio como ya era costumbre desde que sucumbió a la tentación de mirarse al espejo.
Ya en el interior de las instalaciones y de camino al vestuario, hubo de ignorar las miradas inquisitivas de varios socios que apostados en el mostrador se sabían poseedores de un cuerpo diez. Cruzó un saludo apenas perceptible y desapareció. Tardó en salir. Cuando lo hizo, ninguno de los que la habían visto entrar, supo reconocerla. Había colgado el hábito de la congregación y salía enfundada en su maillot de licra.
 
 LUZ LAMINADA

La gente que tiene una vida opaca siempre
curiosea todo lo que pasa más allá de su puerta.
Stefan Zweig

Vivo una vida ruinosa abierta a un futuro gris en una casa esquiva al sol de los vecinos. En un edificio de fachada desconchada, en una estrecha calle húmeda que muere en una plazoleta soleada. En el otro extremo, en la encrucijada con otra calle, hay un pescadería. Un mozo, impecablemente vestido de blanco, limpia todos los días el establecimiento con los productos más publicitados del mercado. Tiene las manos cuarteadas, enrojecidas por el hielo que manipula a diario, pendiente de las órdenes de la dueña. El agua que desprecia, una vez ha blanqueado las losas del pescado, la derrama por el suelo. La escasa pendiente de la calle hace que se forme un reguero pestilente que desfila con aire adormecido hasta la alcantarilla. Por la calle no pasea nadie. El hedor a pescado sobrepuesto a los detergentes disuade a los visitantes. Es una calle de segunda. Como la mayoría de las  viviendas dan a otra calle más céntrica y concurrida, sus habitantes  viven de espaldas a ésta. Yo no.
Mi casa no hace esquina, así que nunca ve el sol.  Me gusta mirar por las rendijas de la persiana  la casa que queda justo enfrente y que disfruta momentos de un sol perpendicular y fugaz. Pierdo las horas suspendida en el silencio mirando cómo al otro lado de la calle, en la ventana del piso vecino aparecen y desaparecen, como en un juego de sombras chinas, bultos de diferentes alturas en constantes idas y venidas. Ahora asoma una cabeza de niño, después un busto de mujer… y la  espalda trajeada colmada por los pliegues de la nuca inconfundible del agente inmobiliario. Son los nuevos vecinos. Empieza el trajín.

Lourdes Domenech

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