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Si alguien quiere salir de dudas, avive el seso e despierte recordando en qué jura al pillarse los dedos con la puerta o la piel de las partes nobles con la cremallera. Es la prueba del nueve, el carbono catorce que muestra a las claras qué idioma viaja por nuestras venas, orgánico, emocional, y cuál es prestado o de fogueo; de qué palabras están hechas nuestras lágrimas y cuáles usamos con menor habilidad y convencimiento porque, queramos o no, son prestadas.
Y -todo el mundo lo sabe- lo prestado es ajeno, se rompe y da problemas.




















