Los que leéis esta bitácora ya conocéis mi perfil (quizás cuestionable pero no criticable): un natural optimismo, una tenaz búsqueda de los caminos más eficaces para conseguir los objetivos comunicativos de la lengua, asunción de la propia imperfección y de la de los alumnos para tomar el error como un punto de partida y no como un problema…
Pues, a veces, esas convicciones de hierro se funden para hacerse clavo.
Tengo un curso de 4º con muchos alumnos que consideraba impecables en todos los niveles (respetuosos, con ganas de aprender, con buena base y buenas capacidades…) pero sin esperarlo todo ha cambiado y ahora no me resulta nada agradable entrar en esa clase En mi opinión, es debido a dos factores:
- una mala interpretación de mi metodología (con mucha producción y una evaluación moderada, con propuestas que buscan desarrollar su autonomía, con una valoración casi siempre positiva del alumno para animar a los de ritmo más lento…)
- una continua e irritante comparación y competición entre ellos y sus trabajos.
En el ambiente se nota una actitud negativa hacia mi forma de dar las clases y ahoran buscan continuamente el fallo para fiscalizar (fallo que encuentran, claro, en una tilde que no he corregido al mirarles el cuaderno, en un anacoluto que he puesto en la pizarra, en un nombre de un alumno que he escrito mal en uno de sus trabajos que venía sin nombre, en un comentario en voz alta mal entendido…) De paso, los alumnos con peor rendimiento han encontrado una coyuntura favorable para justificar sus resultados y se suman a la ingratitud general y me “acusan” de ser subjetivo y poco trabajador porque no respondo a todas sus preguntas. Los que están a gusto no se atreven a abrir la boca. ¡Angelitos míos!
Además, tengo la sensación de haber perdido demasiados minutos hablando con ellos (en grupo e individualmente) pues el avance ha sido cero y la presión del grupo ni se ha relajado ni tiene visos de hacerlo ya.
Sólo me queda ya el dudosos argumento de que hay que hacer esto y esto y punto y para mañana, y ese texto ya sé que no tiene mucho rojo pero se merece un seis porque lo digo yo, o mejor, vamos a hacer sólo gramática (sota, caballo y rey). Otra desagradable alternativa sería echar a algún alumno (cosa que he hecho en contadísimas ocasiones).
Por otro lado, mi relación con el resto de grupos es muy buena y sigue siendo un placer ir a clase y notar que la hora se les pasa rápido y que ésta transcurre por caminos de trabajo, confianza y comprensión.
En conclusión, sólo espero que ese puntual desdén y esa ingratitud sean una pose adolescente pues de no ser así, la Escuela, que debe potenciar valores solidarios no valores competitivos, habrá fallado. Y espero también que si algún otro profesor siente algo parecido tenga foros como este blog donde compartir estos tragos de sabor amargo y curar estas pequeñas heridas.
Patxo Landa




















